
El perro caramelo, ese típico lomito mestizo de color miel que acompaña a familias en calles, patios y colonias de todo México, ya no es solo un apodo de la calle: la Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado de México (PROPAEM) lo incluyó en su lista de razas mexicanas representativas, junto al Xoloitzcuintli, el Chihuahua y otros perros con raíces en el país.
Lejos de convertirlo en un estándar cinofílico, el reconocimiento tiene un carácter más simbólico y social: busca visibilizar a los perros mestizos, que suelen ser ignorados o menos valorados frente a las razas de pedigrí, aunque sean los más presentes en los hogares mexicanos. El “caramelo” es, en realidad, el resultado de años de cruces espontáneos y convivencia cotidiana, lo que lo convierte en emblema vivo del perro popular mexicano.
Entre los propósitos de esta medida está fomentar una nueva mirada hacia los perros de la calle y de patio, promoviendo la adopción responsable y rechazando la idea de que solo un perro de raza pura puede ser un buen compañero. Con este gesto, el perro caramelo deja de ser solo un personaje anónimo de la calle para ocupar un lugar formal en la narrativa ambiental y cultural del país.